Detección de patologías psíquicas y físicas en la escritura manuscrita
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Historia de la Escritura
LA ESCRITURA JEROGLÍFICA DE LA ISLA DE PASCUA

María del Carmen Doyharzábal

Copyright © María del Carmen Doyharzábal 1996-2005 - Todos los derechos reservados.

Prohibida su reproducción sin autorización expresa.

 

La primera noticia que se tiene acerca de la existencia de la escritura jeroglífica de la Isla de Pascua data de fines del año 1864, y corresponde a un fragmento de pormenorizado relato de su labor en la isla que el Hermano Eugene Eyraud elevó al Superior General de la Congregación de los Sagrados Corazones a poco que hubo regresado a Valparaíso (Chile).

Informó entonces el misionero: “En todas las chozas se encuentran tablillas de madera o bastones cubiertos de jeroglíficos. Son figuras de animales desconocidos en la isla, que los indígenas dibujan con piedras cortantes. Cada figura tiene su nombre, mas el poco caso que hacen de estas tablillas me inclina a pensar que estos caracteres, restos de una escritura primitiva, son ahora para ellos algo que conservan sin tratar de inquirir el sentido.”

No obstante la citada referencia, ni las autoridades de la congregación religiosa ni el mismo Eyraud midieron la importancia de tal descubrimiento, de modo que la revelación de esta escritura al mundo científico debió esperar hasta cuatro años después, cuando la buena fortuna puso en las manos adecuadas un singular presente…

Corría el año 1866 y la Misión, si bien había logrado fortalecerse y subsistir por varios años, afrontaba por esa época momentos difíciles atosigada por constantes revueltas, producto de la reacción de grupos isleños rebeldes al mando de un tal Dutrou-Bornier, a lo que se sumaba el fantasma de desconocidas enfermedades que, como la tisis, diezmaba la población como una endemoniada herencia recibida de la civilización. En agosto, el Hno. Eyraud – que había reanudado su obra en la isla a partir de marzo de 1866 en compañía de otros misioneros – falleció y le cupo al Padre Gaspar el hacer frente a la difícil situación. Motivado probablemente por cuestiones “políticas”, el Padre Gaspar decidió enviar ese mismo año un presente al Obispo Stephan Jaussen que residía en Tahití – hacia donde habían emigrado algunos nativos pascuenses – “como una prueba del aprecio de los naturales de la isla hacia la autoridad religiosa”.

El presente constaba de una larga cuerda hecha de cabellos humanos, que los pascuenses usaban para la pesca, la cual se hallaba cuidadosamente enrollada alrededor de un trozo de madera que le servía de cañuela.

Agradecido, el Obispo Jaussen desenroscó la cuerda y con sorpresa pudo ver que la cañuela era en realidad una exquisita pieza que presentaba filas de desconocidos signos jeroglíficos.

Hombre cultísimo y sumamente interesado en el estudio de la Polinesia, Jaussen no perdió tiempo e inició una ardua investigación que la ciencia no ha podido concluir todavía.

Entre los nativos de Pascua que habían emigrado hacia Tahití se contaba uno al que los demás consideraban muy ilustrado en las antiguas tradiciones; su nombre era Metoro y a él acudió de inmediato el buen Obispo…

Desafortunadamente, el natural entusiasmo que invadió a Jaussen en un principio no tardó en convertirse en profundo desaliento…

Ceremoniosamente Metoro había tomado la tablilla entre sus manos y con sagrado respeto comenzó a recitar algo, dando a su voz una particular entonación, como si estuviera cantando las palabras. Por su parte, el Obispo se ocupaba de anotar todo lo dicho. Pero a medida que fueron pasando los días y la operación de desciframiento se repetía una y otra vez a su pedido, Jaussen comprendió que algo no iba bien: Metoro no era claro en muchas de sus expresiones, divagaba, y lo que era aun peor, a juzgar por lo que llevaba registrado en las anotaciones que hacía, el pascuense se contradecía a menudo.

La conclusión sólo podía ser una: Metoro no tenía idea del significado de las inscripciones antiguas…

A partir de entonces, las nuevas tentativas del Obispo Jaussen se orientaron hacia los diversos institutos europeos, a los que envió copias que hizo de los signos escritos, de manera que éstos pudieran ser utilizados en un estudio comparativo con otras escrituras jeroglíficas. Para ello solicitó previamente al Padre Gaspar, le enviara más material ya que la tablilla que obraba en su poder era muy pequeña, y los signos que contenía muy escasos.

A pesar de su empeño, el Padre Gaspar no consiguió enviarle más que media docena, lo cual significaba un pobrísimo muestreo habida cuenta que, según se había tomado conocimiento por los escritos del fallecido Hno. Eyraud, las tablillas existentes en la isla, apenas cuatro años antes, sumaban unas dos mil.

Hoy por hoy, la totalidad de tablillas rongo-rongo existentes en todo el mundo – reunidas de diversa fuente – ascienden a veinticuatro, y se encuentran distribuidas en algunos de los principales museos, a saber: Museo de Historia Natural de Santiago de Chile; British Museum de Londres; Museo de Historia Natural de Washington; Museo de Antropología de Leningrado; en la Colección de los Padres Franceses en Grottaferrata, cerca de Roma; en el Museum Fur Volkerfunde de Berlín; en el Naturhistorisches Hofmuseum de Viena; en el Bernice P. Bishop Museum de Honolulu, y claro está, en el Museo de Tahití. Por supuesto que la pérdida irreparable que supuso la desaparición de la inmensa mayoría de las tablillas de escritura rongo-rongo a dado pie a distintas conjeturas que, en un sentido u otro, apuntan al mal desempeño de los misioneros en la isla.

En rigor, se ha dicho que el cisma interno que se vivía en la isla a partir de 1868 – fecha en la que el Obispo Jaussen toma contacto con las tablillas – que concluyó con la expulsión de los misioneros en el año 1871, habría derivado en una desconfianza generalizada de los nativos hacia los religiosos, razón por la cual los primeros habían decidido esconder las tablillas en las profundidades de las innumerables cavernas que tiene la isla, muchas de las cuales son en realidad una suerte de santuarios familiares. Asimismo, se dice que, tal vez, otras tantas tablillas pudieron haber sido quemadas para evitar que cayeran en manos de los sacerdotes o, incluso, que pudieron haber sido esos mismos sacerdotes los que indujeron a los isleños a quemar las tablillas “por ser obra pagana, contraria a la salvación de las almas”, al decir del profesor Thomas Croft de la Universidad de San Francisco, quien, como se verá seguidamente, se cuenta entre los investigadores pioneros. De hecho, la sospecha arriesgada por Croft no carece, en principio, de sustento fáctico atento a lo que la historia nos ha enseñado en cuanto al destructivo accionar de la ignorancia como herramienta del avasallamiento transcultural amparado en el excesivo celo religioso. Basta recordar, por ejemplo, la desgraciada actitud que tomó Diego de Landa con respecto a la escritura del pueblo Maya para comprender que esto bien puede ser algo más que una posibilidad plausible.

Sin embargo, a nuestro modo de ver, estimamos que tomando en cuenta la prolongada tradición pascuense, imbuida por un alto contenido mágico propio de este tipo de culturas, lo que aún hoy se puede vislumbrar en las más profundas concepciones de los naturales de la isla (quizá un tanto disfrazadas por una pátina de “civilización occidental”) resulta algo difícil de aceptar que estos hombres hayan renunciado a su honda naturaleza mítica “inducidos por los sacerdotes” como pretende Croft, procediendo a quemar el venerable legado de sus antepasados toda vez que, según consta en la vieja leyenda, el origen de la cultura pascuense se remonta al ariki (rey) Hotu Matua, héroe fundador del cual todos los pascuenses dicen descender, quien habría traído consigo 67 tablillas inscriptas con los preciados jeroglíficos, acompañado por un grupo de sabios (maori) en ese arte. Del mismo modo, y por idéntico motivo, es también difícil concebir a los insulares quemando las tablillas para evitar que éstas cayeran en las manos ajenas de los sacerdotes. A nuestro entender, esa lectura destructiva se hace con ojos occidentales, simplemente porque el hombre puede leer sólo aquello que ha aprendido. Y el lenguaje común de Occidente poco o nada tiene que ver con el de las muchas culturas indígenas que supimos borrar de la faz de la Tierra. O casi.

A partir de las investigaciones de la antropología sabemos que los mitos acerca del “origen” revisten en las culturas primitivas un papel fundamental…y vivo a la vez. Los innumerables ritos iniciáticos de “renovación del mundo”, por ejemplo, son buena prueba de fervor religioso cargado de un sentimiento de profunda convicción de realidad metafísica incomprensible para Occidente. Obviamente, no vamos a explayarnos ahora sobre tales tópicos, pero sí diremos que, atentos a los valores que “pesan” dentro de la rica mitología de Pascua, las concepciones mágico-religiosas aludidas al hablar de “maná” o “tapú” deben justipreciarse únicamente dentro del contexto de sus más hondas creencias para comprender cabalmente el sentimiento que en esos hombres produce.

En substancia: como tantas otras sociedades primitivas, la de Pascua reglaba el curso de su existencia por el accionar de ciertas fuerzas entre las que se destacan el “tótem”, representativo de la identificación del hombre con los animales de tierra, agua y aire; el “po” (la noche), como sinónimo de las tinieblas y a la vez de lo onírico como fenómeno trascendental mediante el cual es posible no sólo volar, desplazarse a sitios lejanos o transformarse, sino también llegar a vivir eternamente fuera del tiempo y del espacio; y muy especialmente – a los fines que interesa destacar aquí – se cuentan el “tapu” y el “maná” citados precedentemente. El “tapu” es el equivalente pascuense de lo que otras sociedades llaman “tabú”, esto es un conjunto de prohibiciones, o veda, de actos, cosas o personas – una suerte de ley no escrita pero rígida e inviolable – cuya infracción es severamente castigada. En tanto la palabra “maná” se traduce en el concepto de un poder oculto y sobrenatural que regía sobre la vida de los hombres y por sobre las fuerzas de la Naturaleza. Este poder podía ser atributo de ciertas personas – decididamente no seres vulgares - o bien estar encerrado en las cosas, en las palabras o en los cantos.

Por lo tanto, tomando en consideración que toda Kohau rongo-rongo era portadora de maná (tanto por derecho propio como por estar vinculada a Hotu Matua) entendemos que ningún pascuense se hubiese atrevido a violar el tapu que pesaba sobre todas y cada una de ellas, de modo que asumimos como posible y probable que las numerosas tablillas desaparecidas se hallen ocultas todavía en el interior de las cavernas que constituyen el apasionante submundo de la Isla de Pascua.

Volviendo ahora a la encomiable labor llevada a cabo por el Obispo Jaussen, agregaremos que a poco de hacerse con las tablillas que le enviara el Padre Gaspar, no tardó en unírsele en la tentativa de desciframiento el antes citado profesor Thomas Croft, el cual viajó a Tahití para lidiar con el supuesto maorí Metoro, en una tarea que resultó tan infructuosa como la que había emprendido anteriormente el religioso. A pesar de la mayor cantidad de signos con los que ya se contaba (trabajaban sobre las siete tablillas) y del empeño puesto en cada sesión, no se produjo cambio alguno. Cada vez que se le mostraba a Metoro una u otra tablilla, éste no variaba su recitado. O el cambio era mínimo. Hasta que, finalmente, Jaussen y Croft abandonaron la labor…

Años más tarde, en 1886, el estudioso William Thompson – bajo el patrocinio del Smithsonian Intitution de Washington – arribó a la Isla de Pascua a bordo del “Mohican” con la intención de probar suerte en el desciframiento de las herméticas escrituras. La suya no fue tarea fácil ni mucho menos. Al principio tuvo que vencer la marcada resistencia de los isleños en proporcionarle alguna información sobre quién podría oficiar de traductor. Fue un tahitiano de nombre Tati Salmon el que le dio el anhelado dato y lo puso en contacto con un anciano, que se decía conocedor del arte rongo-rongo, llamado Ure-Vae-Iko. Pero, resultó que Ure-Vae-Iko era en extremo supersticioso y, temeroso de caer en la tentación de violar el tapu que protege el secreto de la kohau rongo-rongo huyó a esconderse en el interior de la isla.

Empecinado, Thompson (acompañado por el tahitiano Salmon) siguió al anciano hasta su escondite y una vez allí urdió un ingenioso argumento para convencerle que accediese a colaborar. Thompson no tenía consigo tablilla alguna, sino tan sólo algunas reproducciones fotográficas; por consiguiente, no estaba encerrado – le explicó al anciano pascuense – en esos papeles el maná del kohau (madera sagrada) y por tanto no se estaba violando el tapu. Al cabo, Ure-Vae-Iko aceptó, pero el resultado obtenido por Thompson no fue distinto al que, anteriormente, habían conseguido el Obispo Jaussen y Croft con Metoro. Al igual que Metoro, Ure-Vae-Iko recitaba las palabras con una entonación cantarina y demostraba la misma dificultad al ser consultado por un signo en particular. Las contradicciones eran, asimismo, evidentes en uno como en otro.

No obstante, del esfuerzo de estos primeros intentos, han quedado algunas traducciones que, aunque apenas limitadas a unos pocos signos o grupos de ellos, atesoran un valor apreciable en función de las futuras investigaciones. En tal sentido, lo que sí ha podido verificarse en modo suficiente (lo que constituye un avance firme y sin retorno) es que tanto Metoro como Ure-Vae-Iko comenzaban su lectura partiendo del ángulo inferior izquierdo; leían hacia la derecha y al finalizar la línea giraban la tablilla 180 grados, siguiendo la ordenación típica del antiguo estilo de escritura denominado bustrófedon. Como sabemos, el estilo bustrófedon (del griego “bus”: buey y “trophedon”: volver) deriva su nombre de la forma en que se colocan los signos, imitando los surcos que deja el arado en la tierra, de manera que las figuras antropomorfas que constituyen la escritura quedan dispuestas con sus cabezas y pies en oposición, obligando a darle la vuelta a la tablilla, de madera, metal o arcilla según sea el caso, para seguir el curso de los símbolos durante la lectura.

Sin embargo, si bien lo dicho hasta ahora podría interpretarse como una suerte de delimitación del problema, desafortunadamente no es así…

Durante los años que siguieron a la tentativa de Thompson, los aportes de otros investigadores no hicieron diferencia alguna; pero, entre la sumatoria de deslucidas hipótesis y abundantes fracasos, la irrupción en escena de la inglesa Katherine Routledge supuso todo un cambio en el alicaído entusiasmo de la comunidad científica. Entre 1914 y 1915, la Sra. Routledge había logrado entablar contacto con otro anciano pascuense de nombre Vara-Tuku-Onge (cristianamente bautizado años antes como Domingo: Tomenika en idioma nativo). Enfermo de lepra y confinado en un sanatorio, Tomenika fue convencido por la investigadora inglesa para ayudarla en su tarea, decidiéndose éste por fin trazar algunos escritos en un papel. Tales escritos, conocidos en los círculos especializados con el nombre de “rongo-rongo de Tomenika”, encierran una singular característica y han suscitado un hondo interés en tanto son notoriamente diferentes de los jeroglíficos que pueden denominarse clásicos. En rigor, las figuras de Tomenika son todas derechas y con predominio zoomorfo y, por lo demás, no siguen el ordenamiento del sistema bustrófedon. Dibujados, a juzgar por su inclinación, de izquierda a derecha, los signos de Tomenika no incluyen siquiera una figura antropomorfa (característica de las rongo-rongo clásicas). La mayoría de las seis líneas, con un total de 75 signos (contra 150 reconocidos en las rongo-rongo clásicas) que componen el escrito representan pájaros, tortugas y animales marinos, tales como peces y cangrejos; incluyendo además algunas figuras geométricas y dibujos de plantas. A pesar de que, como puede apreciarse en la ilustración comparativa del anexo, resulta trabajoso hallar algún nexo de morfología escritural entre los jeroglíficos rongo-rongo clásicos y los dibujos de Tomenika, un vasto sector, por demás representativo de la opinión experta, confiere al aporte de la Sra. Routledge un sitial destacado, al punto de llegar a conceptualizarse como “un tipo diverso de escritura rongo-rongo”. Cabe acotar al respecto que, no obstante su clasificación como rongo-rongo, el escrito de Tomenika cuenta con una traducción lograda por Ramón Campbell a partir del trabajo realizado con el pascuense Kiko Paté (de quien Tomenika era tío abuelo) el cual tenía en su poder (“por curiosa circunstancia que no pudo ser explicada”, según sostiene Campbell) unos antiguos cuadernos de cantos escritos en texto pascuense, con un total de 75 morfemas equivalentes. De todos modos, es oportuno aclarar que la identificación entre las palabras del texto obtenido por intermedio de Kiko Paté y los signos jeroglíficos “clásicos”, requiere todavía de importante información adicional – como apunta Campbell – con la cual no se cuenta: ¿Cómo empezaba a escribir Tomenika, por ejemplo?. ¿Acaso partía de la línea superior o acaso de la inferior…? Como fuere, lo cierto es que el tema en cuestión se complica por ser el mencionado escrito el único existente; o al menos el único cuya existencia se conoce. Investigadores como el profesor Barthel ( es director del Instituto de Etnología de la Universidad de Tubingen, Alemania) han sugerido que “la posibilidad de lograr botín abundante se halla fuera de la Isla de Pascua. Se trata de los materiales no publicados de la expedición Routledge…” Suponemos que, como suele decirse, el tiempo tendrá la última palabra.

En cualquier caso, los complicados estudios en torno a la escritura pascuense no parecen agotarse aquí, ni mucho menos. El curioso hallazgo, años después de la intervención de Routledge, de una tableta en forma de pez, que actualmente se exhibe en el Museo de Concepción, en Chile, lo demuestra fehacientemente. Como claramente se observa en la figura del anexo, las inscripciones con las que aquí se cuenta difieren absolutamente de las dos formas de escrituras que constituyen la rongo-rongo clásica y la Tomenika. No hay en la tableta del pez figuras zoomorfas ni antropomorfas, sino abundancia de signos geométricos y algunas figuras fitomorfas. El tipo de escritura estilizada, casi desprovista de elementos ideográficos, la asimila más bien al tipo cuneiforme, difícil de emparentar, sino imposible, con la estructura rongo-rongo clásica. No obstante, hay sí figuras como las de los “arbolitos” que guardan cierta similitud con el escrito de Tomenika (nótese en este punto su correspondencia, incluso, con ciertas grafías de arte paleolítico). Por último, diremos que el pez se encuentra grabado por ambos lados, con un total de 229 signos trazados en sentido vertical y sin carácter bustrófedon.

Es lícito señalar que la notable diferencia que implica la tablilla del pez sustentó la duda de que podría tratarse de una falsificación. Y burda, por cierto. Sin embargo, se ha argumentado en su favor que es precisamente esa diferenciación la que la salva de toda sospecha, en razón de que si se hubiese intentado falsificar una tableta antigua, la lógica más elemental indicaría la utilización de la escritura rongo-rongo clásica y no el uso de un nuevo estilo, puesto que éste carecería de éxito comercial. Amparados en dicho razonamiento, los estudiosos han concluido que la tableta del pez conforma otro estilo de escritura pascuense, determinando que la existencia de estos tres tipos de escritura (la clásica, la de Tomenika y la del pez) podrían corresponder a las diversas etapas evolutivas de un sistema de notación, o de ideogramas.

Así planteado, el problema de estos dos tipos de escritura que vinieron a sumarse a la ya clásica por todos conocida, se complica todavía más con el hallazgo hecho en el año 1937 de una tableta de pequeñas dimensiones, y semicarbonizada, que el Padre Sebastián Englert - de quien nos ocuparemos en breve – donó al Museo de Historia Natural de Santiago de Chile. De apenas unos 10 por 6 cm. y 24 mm. de espesor, la tablilla presenta muy pocos signos trazados en alto relieve, a diferencia de todas las tablillas conocidas hasta hoy que los muestran en bajo relieve. Acusando un pronunciado desgaste, esos pocos signos aparecen trazados en posición erecta, sin bustrófedon, y representan los tres tipos de escritura mencionados hasta aquí (clásica, de Tomenika y del pez), razón por la cual, algunos expertos han llegado a rotular dicha tablilla como una especie de “Piedra de Rosetta” de la escritura pascuense… (?)

Sin embargo, esta curiosa pieza no alcanzó para sustituir en la discusión científica al espectacular descubrimiento con el que el húngaro Guillermo de Hevesy sacudió la estantería académica en 1932. En efecto, presentado en 1932 ante la Academia de Inscripciones y Bellas Artes de París, la lectura del acabado informe que llevaba la firma de Hevesy (profusamente ilustrado con esquemas y diagramas) reveló al mundo científico la incontestable, y a la vez sorprendente, semejanza existente entre los signos de la escritura pascuense clásica y un gran número de glifos (130 signos similares sobre un total de 270) hallados en los sellos de los templos de las antiquísimas ciudades de Mohenjo-Daro y Harappa, ambas situadas en el Valle del Indo, que habían sido descubiertas poco antes, y señaladas como centro de una cultura desaparecida unos dos mil setecientos años de la era cristiana.

De hecho, dicho parentesco morfológico con la escritura de esta cultura prearia y prevédica, cuyo origen permanece oculto, resultó tan revolucionario como controvertido, al punto de dividir las opiniones con un límite marcado entre la aceptación y el rechazo, de manera que mientras algunos se enfrentaban con beneplácito al problema de tener que conjugar las similitudes con las enormes distancias que separaban ambas estructuras en tiempo y espacio, otros tantos se contentaron con alentar un agudo escepticismo, llegando varios de ellos (como Metraux) a impugnar directamente el hallazgo, sosteniendo que todo se trataba de una falsificación de los diagramas. Cabe destacar, a efectos de comprender un poco mejor el porqué de la encarnizada polémica científica de aquel entonces, que el mundo académico aún no había conseguido reponerse del todo de la sorpresa que significó el descubrimiento mismo de las ciudades de Mohenjo-Daro y Harappa cuando las excavaciones de 1921-1922, y las posteriores de 1927, permitieron a Sir John Marshall y Rai Bahadur Daya afirmar que en el Valle del Indo “existió una civilización avanzada y singularmente uniforme, muy cercana a civilizaciones contemporáneas de la Mesopotamia y de Egipto, aunque superior en algunos aspectos”.

Las pruebas irrefutables aportadas por Marshall y Daya habían conseguido dar por tierra con la opinión generalizada que afirmaba que ninguna cultura organizada (¡ni qué decir de una adelantada!) había podido existir en ese lugar. Capitales gemelas, Harappa y Mohenjo-Daro fueron en la India el punto de partida de una vasta sociedad comercial y agrícola cuyo dominio abarcó un área estimada en unos 1.500 Km. de largo por otros 800 km. de ancho. De estructura arquitectónica compleja, y más adelantada en términos comparativos – para la misma época – que la de los egipcios u otros pueblos de Asia occidental, estas ciudades del Valle del Indo contaban, incluso, con baños con agua caliente y modernas redes cloacales.

Pero, si tales hechos incontestables ya constituían de por sí un reto a todo el andamiaje sobre el cual se sostenía la comprensión del derrotero evolutivo de las civilizaciones antiguas, la falta de indicios sobre un estadio evolutivo anterior en ambas ciudades lo hacía del todo incomprensible. En rigor, se estaba frente a una civilización que parecía haber surgido de repente; una civilización que, para completar el halo de misterio que la envuelve, también desapareció en forma súbita…

A casi setenta años de su descubrimiento, Mohenjo-Daro y Harappa siguen siendo un interrogante. De todos modos, finalmente la controversia quedó saldada con la absoluta demostración de veracidad sobre los dichos de Havesy, y como lógica consecuencia de este descubrimiento, abonado con el posterior hallazgo – en la misma zona – de placas de metal con más escritos en sistema bustrófedon, los investigadores pusieron la mira en escrituras provenientes de la India. Entre los trabajos surgidos a partir de entonces se destaca el del argentino Imbelloni, quien pudo establecer una secuencia de sistemas de escritura jeroglífica a la que le dio el nombre de “Sistema gráfico indo-oceánico”, que demuestra a las claras que la escritura de la Isla de Pascua no es algo aislado. En este terreno comparativo se ha llegado, además, a determinar la existencia de un nexo con la escritura brahmi, relacionada con la escritura protoindia de Harappa, que corresponde al siglo III a. C., época del reinado de Asoka el Grande.

Ahora bien, si la tarea de fundamentar una relación más o menos directa entre dos escrituras similares, pero separadas entre sí por un abismo de miles de kilómetros y de años, supone en apariencia una labor ímproba, no resulta tanto así si nos detenemos a considerar una de las teorías con mayor peso entre las muchas que intentan explicar el origen de los pobladores de la Polinesia.

De hecho, la Polinesia está conformada por un grupo de islas diseminadas en el Océano Pacífico, en un triángulo imaginario que los geógrafos denominan, precisamente, “El Triángulo Polinésico”, que incluye entre sus archipiélagos principales los de las Marquesas, Hawaii, las Samoa, las Tuamotu y las islas de la Sociedad, las de Cook, las islas Tonga y la Isla de Pascua. Por sus características físicas e idiomáticas, los polinesios constituyen un grupo étnico diferenciado de los pobladores de Melanesia y Micronesia, a pesar de su “vecindad”. Y en razón de tales características es que su origen ha planteado un gran interrogante entre los antropólogos, inclinándose la mayoría por aceptar su procedencia a partir de un tronco racial euroasiático. No obstante, los estudios antropológicos y filológicos del famoso médico neozelandés Dr. Peter Buck (director durante años del Bernice P. Bishop Museum de Honolulu, en Hawaii, y profesor de la Universidad de Yale) han permitido arribar a una conclusión todavía más depurada. Para Buck los polinesios tendrían una procedencia indonésica, pero, dice: “Su origen remoto hay que buscarlo en la India”.

Sugiere el médico y antropólogo que cuando la presión de los pueblos mongólicos que invadían el continente se hizo insostenible para los antepasados de los actuales polinesios, éstos se hicieron a la mar rumbo al horizonte oriental, instalándose durante mucho tiempo en Indonesia, desde donde, luego, habrían emprendido la navegación por el Pacífico, avanzando en sucesivas migraciones de isla en isla hasta poblar los diversos archipiélagos del triángulo. En cualquier caso, si bien la teoría del Dr. Buck podría, eventualmente, resultar apropiada para sostener el indudable nexo existente entre la escritura pascuense y la del Valle del Indo, el problema adicional que implica el escrito de Tomenika y los signos de la tablilla del Pez, nos obliga a otras consideraciones…

Hemos dicho anteriormente que la tradición pascuense remonta el inicio de su cultura a la llegada del rey Hotu Matua, que acompañado por su corte real integrada por sabios maories habría traído consigo un total de 67 tablillas con inscripciones rongo-rongo, huyendo del cataclismo que habría provocado el hundimiento del mítico continente de Hiva del cual provenía. Y si bien cualquier referencia a la época exacta de tal suceso se hace conflictiva, deberemos limitarnos a considerar tan solo que al estar de las dataciones efectuadas sobre los restos carbonizados de antiguas fogatas hallados en la isla, la presencia humana en Pascua podría calcularse aproximadamente a partir del año 386 AD. Ahora bien, tanto por la información recogida por la Sra. Routledge, como por la suministrada posteriormente por el eminente Padre Sebastián Englert (que movido por su encomiable afán de estudio y su vocación de evangelizador, llegó a Pascua en 1934 y allí se quedó por el resto de su vida – 1969) se ha llegado a conocer cuáles eran las antiguas costumbres en cuanto a la escritura primitiva se refiere. Se puede, luego, sostener que, por lo menos hasta la segunda mitad del siglo pasado, este arte continuaba siendo “tapu” y por tanto descansaba en las manos de un clan determinado: el clan de los Miru, obviamente descendiente directo del ariki Hotu Matua. Asimismo, se sabe que estos sabios escribas de la corte de los Miru tenían a su cargo la sagrada tarea de la formación de discípulos, en lo que constituía la “escuela de los maorí kohau rongo-rongo”.

Dada la connotación religiosa de la tarea allí realizada (recordemos que las kohau rongo-rongo tenían maná y eran por lo tanto tapu), todo era regido por un estricto reglamento. No sólo se impartía la enseñanza regular del arte de escribir, sino que, además, se realizaban reuniones anuales que se convertían en severísimas pruebas de capacitación, donde los aspirantes a maori (sabio) eran premiados o castigados. Para rendir la prueba el aspirante se ponía de rodillas con la tablilla delante, en tanto los maories se ubicaban en fila en radios que convergían hacia el centro donde, en un sitio más alto, se sentaba el ariki (rey). Una vez dada la señal el aspirante debía iniciar su lectura, que era en verdad un canto. Si tenía éxito en la interpretación de los signos se le colmaba de honores; si en cambio se equivocaba, era expulsado de inmediato de la escuela y se lo sometía a las burlas de la concurrencia. A propósito de la importancia que reviste la “escuela de los maori” dentro del legado cultural que encierra la escritura rongo-rongo, no puede soslayarse un hecho por demás significativo: si Hotu Matua arribó a la Isla de Pascua con sólo 67 tabletas inscritas, y el Hno. Eyraud mencionó – en 1864 – que el total existente ascendía a unos dos mil, es obvio que dicha abrumadora diferencia fue debida a la obra de aquellos sabios de la corte de los Miru, o en todo caso de sus discípulos. Pero, fuera como fuese, es oportuno señalar que tanto la referencia del Hno. Eyraud, o la primera tablilla que el Padre Gaspar le enviara al Obispo Jaussen, como también las seis que le siguieron, o, en definitiva, las 24 que actualmente se atesoran en los museos, todas corresponden a la misma escritura jeroglífica en bustrófedon en cuyos signos predomina la representación humana en diversas posturas: con variaciones en la posición de las piernas, brazos o cabezas; algunas veces con notorias mutilaciones de miembros y otras con sustitución de la cabeza humana por una de pájaro. Ya en un segundo lugar, se aprecian otras figuras que representan animales, peces a menudo agrupados en dos o en tres, y también crustáceos, tortugas o insectos, y finalmente, en menor número, se ven algunas figuras geométricas o lineales, a veces con la forma de un simple guión, y otras con aspecto de estrellas, árboles, anzuelos, etc.

De modo que nos preguntamos: ¿no será acaso ilusorio pretender vincular este tipo de escritura con las de Tomenika y del Pez? ¿Es apropiado fundamentar una clasificación en los dibujos hechos de puño y letra por un anciano enfermo y casi obligado por las circunstancias? ¿Es correcto hacerlo basándose en una tablilla como la del Pez sobre la que oportunamente pesó la sospecha de fraude? ¿Se puede arriesgar alegremente la calidad de “Piedra de Rosetta” a una tablilla de ignorada procedencia y trazada en alto relieve cuando sabemos que las rongo-rongo están concebidas en bajorrelieve? ¿Se puede, incluso, soslayar que en la utilización del estilo bustrófedon en la escritura rongo-rongo y su ausencia en las otras radica una irreconciliable diferencia? En definitiva, ¿no estaremos aquí frente a un típico caso de lo que se ha dado en llamar “ciencia del anhelo”?

Casi inevitable es que recordemos ahora un viejo proverbio chino que reza: “Quien espera ansioso la llegada de un jinete debe cuidarse muy bien de no confundir el sonido de los cascos en galope con los latidos de su propio corazón.” De hecho, la ciencia ha conocido ya confusiones por el estilo. Y, probablemente, estos pretendidos “eslabones perdidos”, lejos de configurar diversas etapas evolutivas de un sistema de notación o de ideogramas, al decir de algunos investigadores, pueden resultar ser tan sólo una suerte de “Hombre de Piltdown”.

Parece harto evidente pues que la ingente labor que implicó, e implica aún hoy, el desentrañar el significado oculto de la escritura pascuense, cuenta con un vasto historial de decepciones y escasos logros cuya gran dificultad reside en la incapacidad de saber separar la paja del trigo. En este sentido, tanto la ingenuidad como la subjetividad (motivada por el anhelo del investigador) es una negligencia censurable desde el punto de mira del auténtico método científico, cuya norma elemental impide que uno ponga el carro delante del buey…Y por desgracia, ciertos “hitos” de esta historia de intentos fallidos nos llevan a considerar que algo por el estilo pudo muy bien haber ocurrido en más de una oportunidad. A guisa de ejemplo, casi anecdótico si se quiere pero no por ello menos inquietante, basta recordar lo acontecido durante uno de los encuentros entre el prestigioso investigador noruego Thor Heyerdahl y Esteban Atán, quien ostentaba el honorífico título de “capitán del pueblo” cuando la expedición del primero se instaló en la Isla de Pascua en 1955-1956. Según refiere el mismo Heyerdahl en su obra “Aku-Aku”, Atán, sin mayores preámbulos, le había mostrado una noche, a la luz de la vela, un cuaderno del tipo escolar cuyas páginas, de un color amarillento desvaído por el tiempo, estaban profusamente ilustradas con caracteres rongo-rongo. Dichos caracteres, encolumnados en el lado izquierdo de la página, tenían junto a cada figura su correspondiente traducción en el dialecto polinésico, como una especie de diccionario bilingüe. “Nos sentamos en torno a la vela para contemplar el borroso manuscrito rongo-rongo – escribe Heyerdahl – y nos quedamos mudos de admiración. Era evidente – continúa – que no se trataba de una patraña urdida por el “capitán del pueblo” con el fin de embaucarnos; y estaba igualmente claro que si la persona que había trazado aquellos misteriosos signos había conocido en verdad el secreto de la escritura rongo-rongo, aquel simple cuaderno sin cubiertas tendría un valor inapreciable, pues ofrecería posibilidades ni siquiera entrevistas en sueños para la interpretación de la antigua escritura ideográfica de la Isla de Pascua.” – concluye.

Consultado acerca de cómo había obtenido aquel cuaderno, Esteban Atán respondió que su padre se lo había dado un año antes de morir. Pero su padre no era un hombre instruido en el arte rongo-rongo, se apresuró a aclarar, ni siquiera sabía escribir en caracteres modernos; en realidad él había copiado el cuaderno de otro más antiguo, y casi destrozado, escrito por su padre, el cual sí sabía grabar rongo-rongo y también cantar los textos. Y según agregó para finalizar, su abuelo hubo aprendido la escritura moderna durante su destierro como esclavo en Perú, donde fue ayudado por otro esclavo a registrar el sentido sagrado de los textos para así preservarlos del olvido.

Ahora bien, como ha quedado demostrado en ésta y otras oportunidades, la credulidad es en la Isla de Pascua una carga excesivamente pesada para que un investigador recorra con ella a cuestas el largo camino del conocimiento. Y quizá allí, en Pascua como en ningún otro sitio, “hay que tomar las cosas como de quien vienen”, como dice el refrán popular. En efecto, como resultado de los estudios antropológicos sobre los caracteres físicos y psíquicos de los pascuenses, se ha podido establecer la existencia de dos tipos claramente diferenciados cuyas características predominantes son: 1) tipo físico delgado: de piel blanca, rostro alargado, pelo castaño o rojizo ondulado o ensortijado, ojos pardos; miembros largos, talle flexible y cintura delgada (panículo adiposo escaso), predominio de los músculos extensores y extremidades inferiores largas; buena musculatura (firme y bien marcada), pies grandes, andar erguido y pelvis estrecha; pechos poco desarrollados en las mujeres y tendencia a las várices. Psiquismo vivo con carácter comunicativo. 2) tipo físico grueso: piel moreno-oscura, rostro redondeado u oval invertido, pelo negro grueso y liso, ojos negros o pardo-oscuros; miembros superiores cortos y extremidades inferiores largas y gruesas, talle grueso y poco flexible (con panículo adiposo abundante y repartido en zona de tórax y abdomen). Musculatura poco marcada pero fuerte; pies grandes y andar lento. En las mujeres se aprecian pechos pendulares y hay también predominio de várices. Pelvis ancha. Psiquismo lento y carácter hosco y reservado. Ajustándose a tal clasificación y en virtud de su prolongada experiencia en contacto directo con los pascuenses, Ramón Campbell (“El Misterioso Mundo de Rapanui”) desliza un comentario ilustrativo, a saber: “Los representantes de la raza delgada presentan otra característica psicológica curiosa. Se trata de una tendencia innata a la fabulación, a la fantasía y al engaño, que los hace semejantes a los gitanos. Famosa es la personalidad de Juan Tepano, informante de la mayoría de los antropólogos del primer tercio de este siglo. Durante la estadía de Thor Heyerdahl – prosigue Campbell - ¿no cayó el inteligente noruego en las redes del hábil y astuto Pedro Atán? Todos los que han investigado en la Isla de Pascua han podido apreciar esta condición en los isleños. En mi primera visita al patriarca Santiago Pakarati (Katipari) me mostró un viejo cuaderno de escuela que decía contener la clave del desciframiento de las misteriosas tabletas. Se trataba simplemente de varios escritos de caracteres occidentales trazados con perfiles de hombres-pájaros, peces, lagartos y monos. Me aseguraba leyendo en voz alta el texto, que esa era la traducción de los rongo-rongo. Fingí creerle y quedó conforme.”

Como puede apreciarse, la referencia de Campbell sobre la actitud de conocidos patriarcas como Tepano, Atán (Pedro es hermano del antes aludido Esteban) o Pakarati (también conocido por Katipari) puntualiza una situación que merece toda la atención en la medida que la mayor parte de la información de la que hoy se dispone sobre los muchos intentos de desciframiento de la escritura rongo-rongo proviene de fuentes similares. Claro está que tal objeción le cabe también al mismo Campbell en cuanto a lo que pudiera conjeturarse sobre la “curiosa circunstancia que no pudo ser explicada”, según textuales palabras del autor, sobre la existencia del texto completo del famoso escrito de Tomenika en un antiguo cuaderno de cantos que obraba en poder de Kiko Paté.

En cualquier caso, consideramos igualmente oportuno señalar que de la observación de la reproducción de las dos páginas correspondientes al cuaderno con escrituras rongo-rongo publicadas en “Aku-Aku” algo en extremo curioso se desprende casi a simple vista: en el margen superior izquierdo se lee el nombre de Ure-Vae-Iku, que no es otro, por supuesto, que el presunto conocedor del arte de los maori entrevistado por William Thompson en 1886. Como vimos, Esteban Atán argumentó ante Heyerdahl que el cuaderno era en realidad una copia que su padre había hecho del original escrito por su abuelo, sin embargo, hasta donde hemos podido averiguar, el actual apellido Atán deriva del original “Atamu”, el cual no guarda relación con Vae-Iku. De hecho, situaciones por el estilo poner de relieve la necesidad de extremar los cuidados a la hora de abrir juicios entusiastas sobre la información proveniente de los isleños. Estimamos que lo mejor que uno puede hacer es ajustarse a un análisis minucioso y cimentado en un sano escepticismo, de modo de crear conciencia de que lo más probable es que la respuesta al enigma científico planteado por la escritura rongo-rongo no llegará de boca de ningún pascuense. Y, en rigor, todo parece indicar que nunca fue de otra manera.

Por lo demás, si nos detenemos un instante a replantear la cuestión desde la posible óptica del pascuense quizá podamos dar con, al menos, un par de razones más allá de aquella “tendencia innata a la fabulación” que menciona Campbell. La primera razón se vincularía, a nuestro entender, con el altísimo honor que históricamente suponía para un nativo acceder al conocimiento hermético del arte rongo-rongo. Basta recordar lo dicho con anterioridad sobre la “escuela de los maori kohau rongo-rongo” donde el fracaso traía aparejado el público desprecio. Pues bien, señalados por su comunidad como ilustrados en tales secretos ancestrales, ¿qué alternativa tuvieron Metoro, Ure-Vae-Iko o incluso Tomenika? ¿Sería arriesgado suponer que aun ignorantes del arte confesarían sin más? Nos parece que, parafraseando a Shakespeare: “Ser o no ser, esa era la pregunta…” ¿Honor o burla…?

No obstante, haciendo a un lado el caso de Tomenika en razón de nuestras sospechas ya manifestadas, si nos atenemos a los resultados derivados de los trabajos efectuados con Metoro y Ure-Vae-Iko, parecería ser que ambos tenían una vaga idea del arte secreto, pero ¿y si acaso fuera así…? Esta última posibilidad nos remite a la segunda hipótesis. Esto es, la desconfianza sobradamente justificada del pueblo pascuense hacia los extranjeros, motivada por las vicisitudes que le tocó en suerte enfrentar.

Por cierto. Como refieren las crónicas, las primeras incursiones a la isla de los traficantes de esclavos comenzaron hacia inicios del 1800. Las más desafortunadas, si cabe fundamentar una estadística tal en cantidades de vidas humanas, fueron las que tuvieron lugar entre los años 1859 y 1862, cuando la captura de isleños para proveer de esclavos a las guaneras de las islas Chinchas, próximas a las costas del Perú, barrió con miles de pobladores de Pascua. Los censos, imprecisos, de diversos visitantes señalan que la población de la isla debió de sobrepasar los cuatro millares, sin embargo a la llegada del Hermano Eyraud en 1864, el censo por él efectuado arrojó un total de 1800 personas; lo cual da una clara idea de la depredación pirata allí llevada a cabo. Obviamente, como consta, entre los infortunados esclavos se contaban por igual individuos de diverso linaje, al punto que un rey fue hecho prisionero junto con sus maori llevándose con ellos gran parte de la tradición y conocimiento antiguo. Y, como quiera que la piadosa actitud de los misioneros hubo logrado la repatriación de algunos infelices cautivos, la gran mayoría ya había muerto en cautiverio, presa del hambre o las enfermedades para las que sus cuerpos vírgenes carecían de defensas. Asimismo, de lo que emprendieron el camino de regreso fueron pocos los que pudieron sobrevivir. Muchos ya estaban enfermos y murieron durante la dura travesía marítima, y los que por fin llegaron a la isla trajeron consigo la viruela, la tuberculosis, la sífilis y las cepas gripales, entre otras maldiciones de la civilización. La consecuencia fue la única posible: el censo de 1868 dejó asentado que la población de la isla había descendido a sólo 930 habitantes; y al año siguiente apenas llegaban a 600…

Sin abundar en mayores detalles (lo dicho sirve de modo suficiente a los fines perseguidos) advertimos que nos hallamos ya en la época de caos y desolación durante la cual el Padre Gaspar envió su presente al Obispo Jaussen y éste contactó a Metoro, uno de los tantos emigrados que huyeron a Tahití intentando alejarse de la tragedia. Por lo tanto, nos preguntamos: ¿siendo Metoro un auténtico maori, qué motivación tendría para desoír el ancestral tapu que protege el maná de una kohau rongo-rongo? ¿Acaso una simulación no dejaría conforme al buen Obispo, a la vez que a resguardo el antiguo secreto e incluso su propio honor de maori? ¿Acaso el ardid de W. Thompson fue suficiente para vencer el temor al castigo impuesto por el tapu que hizo huir en un principio a Ure-Vae-Iko?

No lo sabemos.

De todos modos, se nos antoja de una pereza intelectual extrema sucumbir al facilismo de una repetición de ciertas posturas por el simple hecho de tratarse de viejas opiniones consensuadas.

Decía Albert Einstein que “la inteligencia no se alimenta a base de respuestas sino de preguntas”, y pretendemos seguir el sabio consejo…

Y, ha sido precisamente un anuncio reciente lo que ha reforzado aún más ese criterio. Nos referimos a la noticia proveniente de Londres que hacia mediados de junio último hizo público que un antropólogo norteamericano residente en Nueva Zelanda, y experto en lenguas de la Polinesia, llamado Steven Fisher, sostiene haber logrado, tras seis años de estudios, descifrar el oculto significado de la escritura rongo-rongo.

Fisher, cuyo trabajo fue publicado en la revista británica “New Scientist”, afirma que las tablillas contienen cantos relativos a los orígenes del Universo expresados dentro del contexto de una visión de la creación fundada en una serie de “copulaciones primordiales”, brinda como ejemplo la traducción que hiciera de una tablilla conservada en el Museo de Historia Natural de Chile, en la cual la figura de un pájaro, seguida de un falo y de un pez y un sol significa: “Todos los pájaros han copulado con los peces y de su unión ha nacido el Sol”.

Desgraciadamente, la citada publicación no ha llegado a nosotros todavía, de manera que, ignorantes del criterio utilizado por Fisher en su particular interpretación de los signos rongo-rongo, nos vemos obligados a llamarnos a un prudente silencio. Entretanto, seguiremos firmemente persuadidos de que la solución al enigma de la escritura pascuense requiere desandar el camino que nos conduce hasta el antiguo Valle del Indo…aunque quizá ello obligue a intentar establecer “relaciones” un tanto más complejas que “las sexuales entre pájaros y peces”…



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ANEXO – ILUSTRACIONES
Escritura rongo-rongo clásica
Escrito de Tomenika
A) escritura clásica B) escritura de Tomenika C) tableta del pez

Procedencia de las ilustraciones: El misterioso mundo de Rapanui – Ramón Campbell (Ed. Francisco de Aguirre – 1973)